chiquilín de bachín

—El mundo es la suma del pasado y de lo que se desprendió de nosotros— Novalis

jueves, marzo 29, 2007

Just Before the War with the Eskimos

Por críptico, por herméticamente ambiguo, por excesivamente joyceano —del Joyce estrictamente realista de los Dubliners—, porque quizá no lo entiendo o no me dice nada, 'Just Before the War with the Eskimos' no me gusta. Quizás es la falta de una trama o de un contenido. Los personajes están bien, como siempre. ¿Pero qué pasa con ellos?


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martes, marzo 20, 2007

The Laughing Man

Junto al joyceano 'Down at the dinghy', 'The Laughing Man' es el cuento que menos me gusta de la serie. De nuevo la ficción dentro de la ficción, pero esta vez a diferencia de 'For Esmé' de forma paralela y simultánea. De nuevo la omnipotencia de la oralidad, en los cuentos que se cuentan con gestos, tonos, ruidos y muecas más que con palabras y en el imborrable lenguaje de los nenes, que Salinger no olvidó nunca —¿Salinger creció? ¿envejeció? ¿no es un niño de mil años narrándonos sus obsesiones?—. Quizá lo más original del relato esté en la mezcla de dos géneros que, hasta donde sé, su autor no volvió a juntar: por un lado, la ficción fantástica —digna del mejor Hoffmann, Lovecraft o Poe— y el realismo psicológico típico del resto de su obra. Quizás elija quedarme con este último, a pesar de que siempre creí que la literatura fantástica superaba a la realista. Quizá Salinger me hace dudar.

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jueves, marzo 08, 2007

For Esmé - with Love and Squalor

Como aún no leí el libro entero sería precipitado y arriesgado de mi parte afirmar que este es el mejor relato de los nueve. De todas maneras, de los que van, no me quedan dudas. La maestría de Salinger en la combinación de géneros —desde el epistolar hasta el vívido diálogo, pasando por la narración introspectiva— junto a su capacidad para jugar con las formas y las estructuras narrativas —dos cuentos en uno, ficción dentro de la ficción, un personaje que es autor y protagonista— son brillantes. Pero no se trata apenas de un experimento lúdico. De vuelta las almas viejas del budismo, ahí está Esmé, una especie de Teddy menos racional y bastante más emocional, evocando una nostálgica infancia con toda su sabiduría humana. Ahí está el anónimo narrador o el Sergeant X o Salinger, en la soledad del continente ajeno. Miseria, sordidez, mugre, son las posibles palabras que el castellano tiene para la acepción inglesa squalor, todas ellas evocan guerra. La segunda guerra mundial produjo obras de ficción crueles y trágicas; sean autobiográficas, —Se Questo è un uomo y sus secuelas de Primo Levi, el Diario de Anna Frank, Across the River de Hemingway— o distanciadas, «El milagro secreto» y «Ein deutsches Requiem» de Borges. «For Esmé» es la única que, muy a pesar de esa sordidez, puede generar ternura, y el amor del título, en el lector. Este último fin de semana estuve paseando por las playas del desembarco de Normandía y pensé mucho en mi abuelo y sus cinco años en algún campo de concentración nazi en Albania, el país del kafkeano Sergeant X. Tanto tiempo pasó desde el D-Day y sin embargo el sólo hecho de imaginarlo sigue produciendo escalofríos. Leer el cuento de Salinger a la vuelta fue una de esas felices y «curiosas variaciones del destino» borgianas.


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lunes, febrero 26, 2007

Pretty Mouth and Green my Eyes

Rose my color is
and white,
Pretty mouth
and green my eyes

Salinger heredó dos virtudes de dos maestros de forma inmejorable: la oralidad del jargon americano de Mark Twain —basta con comparar pasajes de Huckleberry Finn con algunos de Catcher in the Rye— y la ambigüedad aplastante de Shakespeare. 'Pretty Mouth and Green my Eyes' es un claro ejemplo. La voz de sus personajes, esta vez adultos, de nuevo mantienen intacto el brillo del realismo cotidiano. Like hell we are. I'm no goddam animal. I may be a stupid, fouled-up twentieth-century son of a bitch, but I'm no animal. Don't gimme that. I'm no animal puede ser una frase pronunciada por Arthur, pero me recuerda tanto a la voz de De Niro interpretando algún newyorker de la calle que me asombra el oído con el que Salinger escribía. El final abierto, minuciosamente construido, es el logro magistral del cuento sin dudas. Pero, de nuevo mi contaminación cinéfila y como ya señaló Alvy Singer, el bunch of neurotics deseando escapar a Connecticut de este cuento me traen a la mente inmediatamente los guiones de Woody Allen. Para terminar, el matiz de las cosas insignificantes es tan poético en Salinger que me parece una pena no recordarlo: He picked his cigarette out of the ashtray —that is, selected it from an accumulation of smoked and halfsmoked cigarettes—.

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lunes, febrero 19, 2007

De Daumier-Smith's Blue Period

I tried to visualize the day I would visit her at her convent. I saw her coming to meet me--near a high, wire fence--a shy, beautiful girl of eighteen who had not yet taken her final vows and was still free to go out into the world with the Peter Abelard-type man of her choice. I saw us walking slowly, silently, toward a far, verdant part of the convent grounds, where suddenly, and without sin, I would put my arm around her waist. The image was too ecstatic to hold in place, and, finally, I let go, and fell asleep.

Daumier-Smith es otra muestra más de un alma vieja que Salinger recoge de la imaginería budista. Aún más que Teddy, el adolescente de diecinueve años es un adulto encarcelado en un niño. Ente de ficción, Daumier está insertado dentro de la historia, marcada por la fecha de sus diarios personales y su relación apócrifa con personajes históricos como Honoré Daumier o Pablo Picasso, recordando el Pierre-Menard borgiano, un escritor ficticio insertado en la tradición literaria real. Pero más que un experimento lúdico que versa sobre el ensayo y la ficción, el relato sugiere una tentadora lectura psicoanalítica. Sister Irma recuerda la imagen del artista freudeano que sublima su impulso vital en su pintura. Como de costumbre, Salinger demuestra que es brillante cuando no cae en la crítica anti-clerical fácil y va más allá en la delineación de un personaje que ni siquiera tiene voz en el cuento: Irma, casi una Dulcinea canadiense, no es más que una lectora potencial de las cartas que Daumier escribirá o tirará a la basura y apenas se digna a ¿aparecer? al final de la narración de forma salingereanamente ambigua. Los sentimientos contradictorios del narrrador frente a ella son quizá lo más jugoso del cuento, el epígrafe arriba citado también es otro interesante punto de partida para la lectura psicoanalítica como muestra del deseo lacaniano. La analogía que establece el autor entre su protagonista y Abelardo es, por lo demás, irónica y de una sutileza asombrosa. También es necesario recordar la interesantísima cuestión del profeta fracasado en su tierra, el americano que no se acostumbra a América y ve en Europa el paraíso y la patria perdida a la que irremediablemente pertenecerá: acaso una imagen de Henry James, de T.S. Eliot, de Ezra Pound, acaso una imagen de Salinger mismo.

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viernes, febrero 09, 2007

Teddy

Poets are always taking the weather so personally.
They're always sticking their emotions
in things that have no emotions.

Porque a pesar del hiperbólico, y, si se me permite el sacrilegio, hasta inverosímil carácter de Theodore, le creemos a Salinger. Porque no importa los diez años del nene, superdotado y precoz, nos gusta oír su voz pronunciando máximas panteístas, brahmanistas, irracionalistas e idealistas. Porque, como en toda la obra de J.D., lo que reluce es el lenguaje de los personajes: la oralidad de los diálogos, que marca el contraste entre la elocuencia y hasta pedancia del nene comparando con la pobreza de los adultos; la vivacidad poética de las descripciones y las narraciones minuciosas. Teddy no prefigura a Holden Caulfield, es más maduro y adulto, pero ilustra la pasión crónica que siente su autor por los personajes infantiles que abundarán en sus ficciones.

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