chiquilín de bachín

—El mundo es la suma del pasado y de lo que se desprendió de nosotros— Novalis

lunes, agosto 06, 2007

Sordid(h)eces

Entremés para dos neoyorkinas y un porteño.

Las chicas neoyorkinas de la doble 401 se van al día siguiente y quieren pagar esta noche. Una es muy seria, habla español con acento puertorriqueño; la otra es feliz sin tapujos, sólo habla inglés. La seria me hace preguntas sobre cuánto tiempo y dinero les costará llegar al aeropuerto. La feliz se acuesta en el sillón de espera del lobby, empieza a sacarle fotos al hotel y a pronunciar sonidos guturales, inteligibles y poco frecuentes entre el resto de los mortales con facultades que no son íntegramente inconscientes. La seria me cuenta que en realidad su acento no es puertorriqueño, aunque todo el mundo así se lo indique, sino que sus padres eran catalanes diplomáticos en N.Y. y por eso sabe hablar español. La feliz cambia de objeto pictórico y decide tomarme a mí como modelo. Impulsivamente, se coloca detrás de la recepción a mi lado y pide a la seria que nos saque una foto, a la vez que pronuncia el siguiente vocativo (léase con un tono ligeramente ebrio y un español yanquilizado): «guaaaaapppo». La seria me cuenta además que vivió en São Paulo, a lo cual yo me hago el langa contestándole en portugués. La feliz sentencia, con el mismo tono y acento arriba citados: «Yo hablo la lengua del amoooor».

Ambigüedad australiana

A las cinco de la mañana, después que las discotecas cierran, entra la australiana de la superior 410. Llama al ascensor y sube. Atrás viene lo que un amigo mío llama un españolito de a pie. El tipo entra, cigarrillo en mano, y pregunta: «Oye, ¿tú no sabrás si es tío o tía, verdá?». Le pido que apague el cigarrillo. Le contesto que no puedo saberlo, porque en la ficha del cliente no aclara su sexo, pero su nombre parecía ser de mujer. «Porque si llega a ser tío y estoy toqueteando ahí yo... y luego encontrarme con el marrón, ¿sabes?...», me dice, a lo que yo, todo un experto en el asunto, le contesto: «Habrá que arriesgarse». «Claro, pero tú porque ere ajentino...». Finalmente decidió arriesgar. Nunca sabremos si encontró el color que buscaba evitar a toda costa.

Favor carioca

El joven fisicoculturista y metrosexual brasilero de la suite 603 se acerca, pide que le llame un taxi y empieza a tirarle onda a su compatriota, i.e.: eu. Me cuenta que vive en Rio de Janeiro y que va a estar de vacaciones por dos semanas más en Ibiza. Tiene, indefectiblemente, mucha plata. Me cuenta que ayer tardó una hora y media en conseguir un taxi para volver al hotel. Me cuenta que sospecha que su condición de preto y bicha tendrían mucho que ver. Me pregunta por el nombre de un local. Pregunto si es un bar. Me devuelve un flyer con el nombre del local. El flyer, notablemente, presenta una forma fálica explícita, clarita e inequívoca. Adentro contiene fotos de muchachos pasándoselo bomba. A las siete de la mañana, el joven regresa con un señor ligeramente obeso que le da quinientos euros para subir con él a su habitación. Convengamos que el joven se merecía algo mejor. Los taxis no lo favorecieron esta noche tampoco.

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martes, julio 24, 2007

Lightless




Justo hoy, Marta Sánchez tenía que caer en la suite 602, irritantemente histérica, para quejarse de lo mal que funciona la ciudad y este hotel de mediopelo, amenazando con que se tiraría desde el sexto piso por el agujero que forman las escaleras. Yo insistí en que había cosas peores en el mundo. Ella no estaba de acuerdo. Mientras medio Eixample está completamente a oscuras, los semáforos muertos provocan un caos peatonal que me recuerda las esquinas porteñas y los bomberos se van con el botones y el dueño del hotel después de apagar el fuego extendido por toda la executive 505. Yo pienso en el recital de Calamaro del sábado.

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sábado, julio 07, 2007

Notición (II) o marujeo de primera mano

Si mi primera impresión no falla, Drexler es simpático, amable, agradable, humilde y con muy buena onda. Me seco la baba. Sigo. La imagen que proyecta de forma mediática, la respeta bastante en público. Evitó las multitudes, intentó ser bastante anónimo. Caminó todo el fin de semana con un pie esguinzado, anduvo en bici recorriendo librerías que yo le recomendé el viernes, fue a un recital el sábado, cenó en un italiano que también yo le recomendé el domingo, se fue el lunes por la mañana con una carta mía —cursi, sentimentaloide, de fan empedernido— bajo el brazo, y con unos discos de unos amigos músicos. Le dijo a mi jefe que los mimé y traté muy bien a él y a su —irresistiblemente sensual— mujer. Volverá a fin de mes, cuando toque para el festival del Grec. He descubierto el feliz hallazgo de que siempre que viene a Barcelona, para en el hotel donde laburo. Prometo contenerme y no encargar un regimiento de papparazzi para que nos saquen muchas fotos juntos y así dejar pruebas empíricas del acontecimiento para la posteridad.

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viernes, junio 29, 2007

Notición

Están Drexler y Watling en la habitación suite 603. Ampliaremos.

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viernes, junio 15, 2007

Sobre la sordidez del Turno Noche

El lunes empecé a trabajar en un hotel cuatro estrellas de diseño, súper cheto-cool-guai-fashion. Soy, después de cuatro intensos veranos de intentos fallidos, recepcionista, a pesar de mi ignorancia supina de las lenguas francesas y alemanas. Hago turno tarde o noche, dependiendo de quién tengo que cubrir en sus vacaciones. Esta semana fui variando así aprendía los gajes del oficio en ambos. Pero, sin dudas, el Turno Noche es todo un mundo paralelo. Entre las ya innumerables anécdotas, rescato:


  1. El lunes, por primera vez en mi vida, llevé puesta una corbata. No sabía hacerme el nudo. Mi papá me lo dejó hecho y todavía está intacta e inalterable en el placard, esperando ser usada de nuevo.

  2. El martes, por primera vez en mi vida, vi un billete de quinientos (500) € (euros, sí). Son de color violeta. O lila. Como más les guste.

  3. El miércoles, un periodista, al parecer astronómicamente célebre en Brasil, pidió una habitación de suite con jacuzzi cuyos metros cuadrados superan los del living de mi casa. Al oírme contestarle en portugués do Brasiu —evidenchimenchi, o mais grandi do mundu—, de forma inmediata, introdujo un billete de diez (10) € (euros, también), en mi inofensivo bolsillo.

  4. El jueves, por primera vez en mi vida, me piropearon en la calle, al salir del hotel. Era un gay —mi trabajo está en la zona gay de un barrio *re* cheto de Barcelona—. Era de madrugada. El individuo, indudablemente, había bebido. Eso no hace que su acalorado elogio de «Ay, que no tengo yo una cama pa ese morenaso con corbata que sino le hacía un tornado con la lengua» sea menos válido. Aún no sé qué es estrictamente un «tornado»; si alguien con conocimientos de jerga «de ambiente» en Barcelona lo sabe, por favor, me gustaría que lo informe. Como siempre sospeché, no es la carencia de belleza, sex appeal, porte y elegancia la causa por la cual las chicas nunca me gritaron piropos en la calle, sino porque, como no dudaría en afirmar mi madre entre sus libros de Freud y Lacan, las chicas, a diferencia de los homosexuales, no canalizan su sentimiento sexual verbalmente porque están reprimidas y padecen neurosis histérica.
  5. El viernes, dos, esta vez sí, chicas, inglesas, que hubieran dado un número excesivamente estrafalario en un control de alcoholemia y cocaína en glóbulos rojos, me preguntaron a las cuatro de la mañana si podía subir a arreglar la televisión de su habitación, mirándome con unos ojos quizá un tanto bizarros, mientras sacaban la lengua y me ofrecían un billete de veinte (20) p. (libras, esta vez), que extraían del escote de su seno derecho (sí, seno). Creo que nadie podría cuestionar el hecho de que denegué la petición terminante y tajantemente; mi férrea moral de ninguna manera dejaría la recepción desierta y acéfala a esas altas horas de la (sórdida) noche. Sé que la anécdota cinco invalida profundamente la cuatro.
  6. Contra todos los pronósticos, el hecho de haber conseguido un segundo trabajo lejos está de implicar el hecho de dejar el primero, mi beca de bibliotecario pedante. Como consecuencia de esa quizá un tanto poco sabia decisión, cuento con cero horas dormidas de treinta y seis vividas. Por supuesto, aún quedan exámenes. Y en mi departamento, mis compañeros aún no entienden cómo no enloquezco.

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miércoles, enero 03, 2007

Sobre mi repelencia (II)

Estudiante Poppie de medicina: Tengo que devolver estos libros... en realidad era para la semana pasada, pero me he liado y se me ha olvidado.
Chiquilín: Bueno, ¿sabés que vas a tener multa?
E: Pero... ¿de cuántos días?
Ch: Son dos libros, cuatro días de retraso... suman... veinticuatro días sin poder llevarte libros.
E: ¿Y no puedes hacer nada?
Ch: No.
E: [Con cara de doy mucha pena] Sí que puedes, va...
Ch: Si lo hago con vos, lo tengo que hacer con todo el mundo.
E: ¡Te invito a un café! Me sacas la multa y te juro que te pago un café.
Ch: No, no, gracias.
E: ¡Va! Jo... sí que puedes hacer algo... [Intensifica la cara]
Ch: ¿Necesitás sacar libros porque tenés exámenes este mes?
E: Claro... [Más intensidad]
Ch: Bueno, te la saco pero no le digas a nadie que lo hice y prestá más atención para la próxima.
E: Oh, qué majo eres, ¡muchas gracias!
Ch: [Ruborízase sin perder la compostura ni la seriedad moral que el momento exige].
E: ¿Seguro que no quieres un café?
Ch: No, ya está, ya te la saqué.
E: ¿Pero seguro?
Ch: Seguro.

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viernes, diciembre 15, 2006

Sobre mi Repelencia (I)

Me encanta ser el bibliotecario, con cara de mala leche, pedante y repelente que, cuando entra ese manojo de fashionable chicas poppies marujeando a lo loco y en voz alta, impone la dictadura del silencio con un sentencioso y represivo: «Shhht!» Y todas callan al unísono con una cara de miedo apabullante. Cada día tengo más claro que nunca seré un bibliotecario sexy entre las chicas de esta facultad de futuros médicos.

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sábado, septiembre 30, 2006

Chupamedias a.k.a Pelotero

Y ella que le preguntaba
dónde quedaba Uruguay...

Martes por la mañana. Biblioteca. Primer día de trabajo.

Directora: ¿Así que es argentino?
Chiquilín: Sí. Usted tampoco es de aquí, ¿verdad?
D: Yo soy uruguaya. Pero vivo hace treinta años aquí... por eso la mezcla de acentos...
Ch: Sepa que soy un apasionado de la música de su país.
D: ¿Ah, sí? ¿Inclusive de este último cantante que se está haciendo famoso ahora?
Ch: Inclusive. Lo fui a ver la semana pasada y lo volveré a ver el mes que viene.
D: Interesante.

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lunes, agosto 21, 2006

Job, sweet job

Primer fin de semana de vuelta en el añejo videoclub. Es dulce reencontrarse con estas entrañables notas en las fichas de los clientes:

HE LEIDO EN EL DIARIO Y ESTE TIO ES ALGO DEL PARTIDO SOCIALISTA!!! LADRON!!! YA QUE ENVIA CARTAS AL DIARIO FAVORECIENDO A LOS TRANSEXUALES Y MARICONADAS TOMANDO COMO MODELOS A HOLANDA Y CANADA QUE DIGA ALGO DE LA MARIHUANA!!! LISTO!!!

Con mi psicoanalista buscábamos alguna causa para mi síntoma de malestar existencial. Creo que la encontré: estaba echando de menos a H. profundamente.

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jueves, junio 22, 2006

Gajes del oficio a.k.a caracterización de personajes III

M. es la única catalana que trabaja con nosotros. Bueno, que trabajaba. M. no había estado nunca en un restaurant. Como yo, siempre había padecido la tiranía de las cafeterías, nunca se había sometido a la dictadura del plato principal y las guarniciones. M. sentenciaba tajante al final de cada jornada que «el sitio donde trabajamos es un lugar de pijos». Y que no le gustaba para nada. M. me trataba de «niño» si yo me portaba bien y de «mozo» cuando le dejaba la barra desmoronándose por el caos. También me llamaba de «tío» —seguimos con líos freudianos— aunque a veces, como P., soltaba un «Mauri». Supongo que por mi cara se daba cuenta inmediatamente que no estaba diciendo bien mi nombre e intentaba rectificar en un perfecto italiano: «Fabrizio». M. me trataba muy bien, aunque sospechaba que yo era un «desorden en persona». Si se hubiera quedado un fin de semana más, lo hubiera confirmado. Al conocerme, estaba convencida de que yo era catalán, hasta que me escuchó hablar en español: «claro, si no fuera por ese acento argentino que tienes al hablar español, ni se te nota lo de extranjero cuando hablas catalán». M. renunció a las dos semanas. Como la mujer que lavaba platos antes de P., que se fue a la semana de haber abierto. No aguantaron. Dos semanas, dos renuncias. No está nada mal. M. Fue sustituida por otra M. que también es catalana y que tampoco trabajó en un restaurant nunca. Que Yahveh, Alá y la Santísima Trinidad nos protejan.

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domingo, junio 11, 2006

Gajes del oficio a.k.a caracterización de personajes II

A. es la camarera más experta. Mi inexperiencia en restaurantes puede con su impaciencia muy a menudo. Su profundo acento de Rosario, en cambio, lo entiendo a la perfección. Así que no hay otras posibles interpretaciones: cuando me está puteando —«insultando», acá en España— en impecable criollo, no son indirectas ni aceptan interpretaciones ambiguas. Cuando laburo con A., a veces, me dan ganas de decir que soy uruguayo o chileno, o de Canarias, menos del país cuyo origen compartimos. A. me trata de «pibe», alternando con «nene» y a veces con mi nombre. Ella es la única que lo pronuncia bien. A. se toma una botellita de vidrio de coca-cola cuando los socios y el encargado no la ven. Y se queja de todo el trabajo que hay en voz baja para que no la escuchen. A. me da órdenes que se contradicen sistemáticamente con las del cocinero y las del encargado. He comprobado empíricamente que la jerarquía gastronómica no tiene absolutamente nada que ver con la eclesiástica o la militar. A. no adoptó modismos del español de España, igual que la mayoría de argentinos que vivimos acá. Algo que, según opina la escandalosa mayoría, nos sobran los motivos para hacer. A. tampoco habla catalán. Pero dice que lo entiende todo. Yo le creo, pero cambio de tema. A. está muy interesada en mis amigas cuando me vienen a visitar. Sospecha, íntimamente, que estoy enamorado de todas de forma simultánea. Cuando llevo las patatas bravas y el cava a la mesa equivocada, A. me mira cómplicemente y los dos nos reímos. Tiene clarísimo que soy un «personaje». A. también tiene novio, un compatriota, por si a Graham le interesa. A. no canta vallenatos, ni tangos, ni nada. Y cuando pongo discos de Drexler de fondo, dice que le suena. Hace unos días, un cliente me dejó en ridículo porque le molestó que yo tardara siglos en descorchar una botella de vino blanco En la cocina, me querían colgar de la Sagrada Familia, A. saltó por mí y abogó por mi inocencia en el asunto. A. está dejando de caerme tan mal.

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miércoles, junio 07, 2006

Gajes del oficio a.k.a caracterización de personajes I

P. es lavaplatos. Internada en la cocina y soportando al cocinero, se dedica incansablemente a rociar lavandina —«lejía», acá en España— a todo lo que se le cruce por el camino, más allá del material del que esté hecho. A veces, cuando voy a dejar los platos sucios en la mesada —«pica», acá en España—, mis manos salen enjabonadas. Su profundo acento de Medellín me impide entenderla con nitidez. Con P. tengo un conflicto edípico no resuelto. Aún no me quedó claro qué parentezco incestuoso nos une: ella siempre me va tratando de «papito», «m'hijo», y, a veces, alterna con «joven», pronunciándolo con la hache inicial aspirada. P. está convencida de que soy «blando», «miedoso» y «lento» y creo que unánimemente se le puede dar la razón. Es curioso que P. me hable de «vos». Yo pensé que me iba a morir sin oír a un colombiano que no me tratara de «usted». De hecho, hasta creía que, fuera del área del Cono Sur, no había otra parte del mundo en donde se voseara. Pero según me explicó ella, en algunas regiones de Colombia —refirió cuáles, me las perdí— se vosea. P. no osa pronunciar mi nombre. Ya intentó varias veces y fracasó, dando con los vanos desaciertos que rozaban los «Mauricio», «Patricio», y semejantes. A veces me llama «Mauri» a secas, yo no la corrijo. Cuando P. está muy pero muy enojada, dice, ojo al dato, «Ánimas del purgatorio». Se descarga. Y se le pasa. Y sigue limpiando. P. pronuncia la palabra «vaina» muchas veces por minuto. Y la aplica a cualquier objeto, sea concreto, abstracto, individual, colectivo, humano, vegetal o animal. P. es muy católica, lleva su crucecita en el cuello, y se enoja cuando escucha hablar de El Código Da Vinci. P. me cae muy bien.

Apdeit: P. es muy bonita, Graham, pero trabaja duro para traerse a su novio de Medellín. Así que no te hagás ilusiones. Por cierto: para hacer pasar el tiempo más rápido hasta poder ahorrar todo el dinero del pasaje, P. canturrea vallenatos en la cocina. Y no desafina.

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lunes, mayo 22, 2006

Darling Buds of May I

Y sigo lavando copas
de gente mejor que yo;
si puedo, bebo las sobras:
el mezcladito me enciende.

Para el socio del limpia, un carajillo,
para el estraperlista, dos barreras,
para el Corpus, retales amarillos
que aclaren el morao de las banderas.

Viernes. Termina la semana, el curso lectivo, el año al revés, el invierno. Empieza el laburo, la temporada de ahorro, el *descanso* del año al revés, la muy bienvenida primavera. Primer día en el nuevo trabajo. No podían tener una mejor idea los dueños de la vinatería que hacer un pica-pica a.k.a picada gratis, abierta a todo el público, con canilla libre —incluyendo Cava, Estrella y vino tinto— para promover el negocio. Y, claro, «niño, sube a la suite dos anisettes, que, hoy, vamos a perder los alamares»-. Y sí, los alamares volaron en seguida que la gente inundó el local. Una compañera compatriota para detrás de la barra, ¿cuántos días duraremos conviviendo pacíficamente sin acuchillarnos con el sacacorcho? Claro, ahora van a creer que me llevo mal con todos lo que trabajo. Y por ahí tienen razón. Pero bueno, creo que se empieza a notar lo poco que me junto con mis compatriotas. Más allá de mi brand-new-compañera asombrada y hasta un poco molesta por mi acento catalán, lo que más se odia en la hostelería no es *con quién* uno trabaja sino *de lo* que uno trabaja. Un año sin llevar la bandeja había sido suficiente para olvidarme por completo lo feo que es trabajar de mozo a.k.a esclavo profesional. Uno no existe, va pasando entre la gente, permís, permís, perdoneu, que em deixareu passar si us plau? y no te escuchan. Por dos horas creí que iba a renunciar antes de firmar el contrato, pero no, Chiquilín, contenete que aprendiste bastante rápido a destapar las botellas de Cava y esto no va a estsar así de lleno todos los días porque si la gente tiene que pagar se reprime y no tiene tantas ganas de tomarse un buen vino. Por ahora viene ganando mi lado oscuro platónico al aristotélico, pero no sé cuánto durará el asunto. ¿Y el jueves otra vez? ¿Cuatro meses dijiste? Uf... este va a ser un verano densito, densito... Todavía faltan los exámenes finales y la confirmación de la beca para el curso que viene... densito, densito...

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miércoles, marzo 08, 2006

Diálogos con una joven franquista II

Ingenuamente, H. piensa que todos tienen el amor a la Patria que tiene ella. *Tan* pero *tan* fácil se pasa de una charla sobre lengua a una discusión sobre política...

H: ¿Sabes qué me han dicho unos argentinos que he conocido este verano? Que el español de Argentina es mejor que el de España.
Ch: Eso es de tan ignorante como lo que me decís vos. No hay «españoles» mejores que otros, simplemente son todos distintos. Además, vos no hablás El Español, tampoco. Eso no existe.
H: (Asómbrase y pone cara como si hubiera oído blasfemias)
Ch: Lo que hablás es un dialecto: el español de Tarragona de principios de siglo XXI.
H: Pero, vamos a ver ¡Es mi lengua!
Ch: Resulta que tu lengua no es más sólo tuya hace más de cinco siglos. De hecho, fue antes que nacieras eso, ¿no?

T. el novio de H. decide intervenir en la cada vez más acalorada discusión.

T: Eso. Cuando os descubrimos. En esa época ni existíais.
H: Eso. Y ahora venís y nos ocupáis todos los puestos de trabajo.
Ch: ...
H: (Ríe) No... es broma. Pero en serio, Fabri, hay algo que no puede ser...
Ch: ...
H: Que vengan aquí los sudamericanos está bien... Pero lo que no puede ser es que yo vaya a comer a un restaurant y un encargado —que es sudamericano, pero no argentino— tenga el poder de decidir cuándo la empleada —que es española— puede descansar.
Ch: ...
H: (Ríe) No... esto te lo digo en serio. Lo que no puede ser es que los encargados sean... así... morenitos. Si son argentinos está bien, pero tanto peruano, ecuatoriano, colombiano, por aquí...
Ch: Mejor echamos a todos los que no sean blancos como nosotros.
H: ¡Alah! Tío, te has pasado. Sólo con que no sean encargados de restaurant está bien.

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15 del pueblo quieren saber de qué se trata

lunes, marzo 06, 2006

Diálogos con una joven franquista I

H. y Chiquilín vuelven a compartir una alegre jornada laboral en el videoclub del barrio. A pesar de su casi media década en el norte peninsular, Chiquilín sigue seseando de lo lindo. A H., eso parece ponerla un poco incómoda. Curiosamente, H. estudia también Letras, pero parece ser que no presta mucha atención en las clases de Lengua.

Ch: ¿Tenés idea de cuándo llega Prinsesas?
H: Princesas.
Ch: (Sonríe con sorna)
H: A vosotros allí no os enseñan a pronunciar el sonido de la «c», ¿no? No podéis, ¿verdad?
Ch: Sí que puedo, mirá: Princesas. Simplemente no quiero, porque me entendés igual.
H: Ya, pero no está bien dicho.
Ch: ¿?
H: Os deberían enseñar a pronunciar bien, como aquí.
Ch: ¿Qué entendés por aquí?
H: Pues... España.
Ch: Resulta que de Madrid para abajo, todo el mundo pronuncia la «c» como yo, así que no sé qué querés decir.
H: ¿Tú qué idioma hablas? El español... de España.
Ch: Sí, pero da la casualidad que más del noventa por ciento de los hablantes del español no pronuncia la «c» como vos. Así que sos minoría, sabelo.
H: Ya. Pero habláis mal.
Ch: Es que no se trata ni de mal ni de bien, sino de distinto. Vos a clase de Lingüística no ibas, ¿no?
H: ¿Sabes qué pasa, tío? Que la Lingüística me la pela.
Ch: Qué bonito... bueno, empezá a diferenciar conmigo: Norma y Uso, dos cosas disintas. A mí me enseñaron a escribir Princesas con «c», como a vos. Eso es la Norma. Pero mi papá cuando me hablaba en mi casa decía Prinsesas. Eso es el Uso.
H: No... es que me da igual, vosotros no habláis bien y nosotros sí.
Ch: A ver, repetí conmigo: Norma y Uso.

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19 del pueblo quieren saber de qué se trata

domingo, mayo 29, 2005

Entremés sobre el crecimiento precoz

Son las tres de la tarde del sábado. La terraza del patio de comidas del lugar en donde trabajo está tranquila. Sólo hay dos damas tomándose su cortadito a punto de ir a ver el tercer episodio de Un tal Lucas en el cine de al lado. Se acerca una familia, él y ella con sus dos nenitas. Me acerco a atenderlos y me doy cuenta de que son argentinos, nada raro en estos pagos, pero sopresivamente sus hijas ya habían adquirido el acento español.

- Hola, sí, queríamos cuatro cucuruchos de dulce de leche y chocolate.
- Enseguida se los traigo.

Mi compañera colombiana hace el pedido y lo decora de una manera magnífica. Cuando regreso a la mesa para servirlo, él me dice con un tonito porteño que se huele desde la Península Valdés:

-¿De dónde sos, che?
-De Buenos Aires.
-Ah, ¿de qué calle?

Pregunta pedante si las hay.

-Cangallo y Necochea. Pero no vivía en Capital.
-Ah, ¿no?
-No, soy de Ramos Mejía
-¡Ah! ¡Eso ni siquiera es Buenos Aires!

Sonreí amablemente con mi cara diplomática que acepta los rastros de unitarismo que todavía quedan en algunas personas. La charla prosiguió con la típica pregunta que se hacen los argentinos, y por extensión los inmigrantes, cuando se conocen en España.

-¿Y hace cuánto tiempo estás acá?
-Tres años, ¿y ustedes?
-Cuatro. ¿Y trabajás todos los días?
-No. Sólo los fines de semana, porque el resto de los días voy a la facultad.
-Ah, ¿y qué estudiás?
-Letras.
-¿Letras? ¿Y te viniste hasta acá a estudiar eso? Mirá que eso es raro...
-No, en realidad vine con mis viejos cuando era más chico, terminé el secundario y ahora estoy estudiando una carrera.
-Ah, pero ¿cuántos años tenés vos?
-19, señor.
-¿19? No te puedo creer, yo te daba 23.

Hasta acá, todo bien. Hay personas que ya me han dado 25 y lo tengo asumido, pero la mujer intervino:

-Yo te daba veintipico largos. Inclusive te iba a preguntar si tenías esposa e hijos.

Sonreí amablemente otra vez y dejé la cuenta sobre la mesa. Me estoy empezando a asustar. Creo que me voy a afeitar este candado¹ de una vez por todas.

Candado¹: Perilla de la barba.

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